TURNO NOCTURNO

Soy santandereana, de profesión enfermera. Mi historia comienza en una clínica reconocida de Bucaramanga en donde soy empleada, todo en mi profesión suele ser muy meticuloso y de alta responsabilidad, siempre hay que cuidar los detalles, estar atenta a las alarmas y a los llamados de médicos, enfermos y compañeros. Recuerdo que cuando la ví por primera vez, me atrapo su mirada. Era penetrante, inquisidora, inquietante, nos cruzamos varias veces y en todos estos encuentros casuales por los pasillos había una energía de emoción e intimidación. Empecé a reconocer su rostro y luego se hizo inevitable que recorriera de a pocos su blanco cuerpo, era como un espectro sobre todo si era tarde en la noche, en los pasillos por momentos desolados del hospital, el color de su piel y el del uniforme por momentos se fundía. Era inevitable pensar si ella sentía mi mirada, porque yo si sentía la de ella y mis poros reaccionaban cuando ella pasaba tan cerca de mi teniendo tanto espacio.

Así pasaron varios meses, hasta que un día coincidimos en el turno de la noche y en el mismo ala. Las enfermeras no solo administramos la medicación, también tenemos tareas de preoperatorio e inventario: preparar el instumental, el equipo, las mesas, llevar el recuento del instrumental, gasas, agujas, hojas de bisturí, etc., nos encontrabamos en esta tarea cuando de un momento a otro, salto sobre mi, empujando mi silla contra la pared sin que pudiera reaccionar, su lengua ya estaba dentro de mi boca y yo… ya respondía a ese beso. Ese beso que sería mi perdición. Se enredaron las lenguas y sus manos se perdían en cada uno de mis pliegues no hubo protesta de parte mía, me retenía entre sus manos; sus grandes y redondos senos rozaban los mios con fuerza, se movían nuestros cuerpos en una danza vibrante. Por un instante tome el control de la situación al recordar que estaba de turno, pero esta lucidez tan solo duro unos vagos segundos; porque ella ya tenía su lengua en mi, esa lamida ha sido la mejor de mi vida, fue tan activa, tan vigorosa, su recorrido encontraba siempre el punto exacto para que yo me retorciera de placer, sus dedos totalmente amaestrados para esa actividad se sumaron para que yo perdiera de una vez por todas el control total de mi cuerpo, de mi angustía, de mi inseguridad, me desnudo y no hablo de la ropa; esa ya hacía mucho tiempo que no estaba, hablo de mi ser, de mi pudor, de mi desenfreno, no hubo un solo pensamiento, ni deseo distinto al de sentir, al de gemir, al de serpentear en el piso con ella encima mío, fue el mejor turno de la noche que he tenido. Todo se dió para que ese encuentro no fuera interrumpido, luego de ese fogonazo intravaginal, sono una alarma que nos recordó donde estabamos y para que.Nos dispusimos como pudimos a recomponer nuestras ropas, el cabello, nuestro ánimo y nuestra mente. La noche paso de la excitación, a lo inesperado en un parpadeo.

Por alguna razón, no volvimos a coincidir ni en piso, ni en turno, se desvaneció. Pero, la recordaba muy seguido: al vestirme, al ducharme, al meterme en mi cama o en la de otros, al despertar, mis manos se agitaban presurosas a mimarme, a consolarme por su ausencia. Este reconocimiento de mi cuerpo se hizo muy seguido, era algo natural y totalmente conciente para buscar ese músculo, ese nervio, que haría que el ritmo cardíaco fuera más rápido. Invente una nueva forma para acariciarme, mi olfato se agudizaba percibia por primera vez mi olor, conocía mi sabor, en mi mente reproducía los besos y mordiscos que quería dar y que quería que me dieran y mi cuerpo respondía con fluídos viscosos que emanaban de mi con una frugosidad que no conocía. Y así pasaron los meses, entre añoranza y autocomplacencia.

Renuncié a mi trabajo, por otro con mejor paga. Allí en mi nuevo sitio, me sentía liberada del recuerdo. Hice una nueva mejor amiga, Jenni. Era una mujer muy sensual, delgada, de cabello liso negro y negro, ojos grandes, oscuros, muy vivos, hicimos click de inmediato. Acababa de pasar mi periodo de prueba, era hora de almorzar y me dispuse para ir a la cafetería y allí, justo ahí estaba esa mujer que me había robado el sueño por tanto tiempo, sus ojos de tigresa, su mirada felina, su verde intenso me recorría nuevamente, pero esta vez ella no estaba sola. A su lado estaba mi compañera, mi amiga, mi confidente por aquel entonces, su pareja, Jenni. Que puedo decir, más allá que ese almuerzo fue delicioso. Tenía esa mezcla de pecado y redención; de sosiego y enardecimiento; de paz y agitación. Mi vida tomo un nuevo rumbo, ya no añoraba. Ya se me presentaba la posiblidad de volver a sentir. Y si señores, que volví a sentir y de que manera.

Días después, un poco más de las 11 p.m. Nos dispusimos para tomar un pequeño descanso. Ahí estabamos las tres, acompañadas por un buen tinto, de esos reparadores, cargado. Termine mi último sorbo, me levante a tirar el vaso y al voltearme para salir de ese cuarto, las dos me redujeron contra la pared. Mi tigresa me besaba profusamente, mientras Jenni se ocupaba de desabotonar mi uniforme y metía sus manos entre mi sostén, me despojaron de mi ropa, hacían turnos para ocupar mi boca, para apretar mis senos, pellizcar mis pezones, los lamían, los abofeteaban; me frotaban arriba, abajo, por detrás, se ocupaban de mi. Por un momento, pensé en Jenni y la miré; entonces entendí que ella ya sabía de mi encuentro con su novia y que lo que estaba pasando en ese momento era orquestado, premeditado. Me relajo la idea y se disipo la culpa, empecé a interactuar en ese bacanal en donde yo, era el menú. No hubo ningún remordimiento, mi mente, mi boca, mis piernas, mis manos iban y venían a mi antojo y al de ellas, copaban cada centímetro de mi, su revolotear era cada vez más y más intenso. Empezaron a penetrarme con sus lenguas y sus dedos, mis agujeros no tuvieron descanso, fue tanto el placer que me dieron que mis jugos no se hicieron esperar y tal vez hice algún sonido intenso, que Jenni presurosa tapo con fuerza mi boca con su mano, mientras los dedos de su novia se ensartaban agilmente y sin descanso entre mis piernas, de pronto sentí un calor que bajaba por mis piernas en forma de océano, como si el tinto que hacía minutos había ingerido bajara para calentar el interior de mis muslos, era mi primer squirt y luego siguió el siguiente, sentí desvanecerme entre los brazos de Jenni que me sujetaban, mis piernas por momentos no respondieron, el temblor fue intenso, vi sus sonrisas retorcidas, vi que todas sudabamos, una por sostenerme, otra por el fragor de la refriega y yo por el sucio e intenso sentir. Mientras nos apresurabamos a quitar el sudor de nuestros cuerpos, pensaba apretando mis dientes y las ideas, estas chicas, realmente saben lo que hacen. Salimos verificando el pasillo y tomando direcciones diferentes, para disipar el gusto, la culpa, el deseo, porque en ese momento todo se había hecho por tres y de a turnos.

Pasaron las horas, los días y las posiciones. Cambie nuevamente de trabajo, no nos volvimos a hablar. Pero les confieso queridos lectores, que si me las topo nuevamente a las dos o a alguna de ellas las devoraría otra vez y esta vez sin descanso. Ya el tiempo de prueba paso, estoy en mi post de carrera, de vida y sexual. Y ustedes queridos lectores, tendrían el placer de leerme una vez más.

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Relatos eróticos de Madame lautier.

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